El crimen de la calle Fuencarral: sangre, humo y garrote vil.
El asesinato que incendió Madrid y creó la primera crónica negra española.
En el verano de 1888, mientras Londres se estremecía con los primeros pasos de Jack el Destripador, Madrid tenía su propio monstruo: un cadáver apuñalado y a medio quemar en un piso burgués, una criada desmayada junto a un perro narcotizado y una ciudad entera pegada a los periódicos. El escenario era el segundo izquierda del número 109 de la calle Fuencarral —hoy equivale al 95, esquina con Divino Pastor—, en un barrio que entonces mezclaba comercios, cafés y viviendas acomodadas con pensiones y cuartos de servicio. Aquel caso, bautizado como “el crimen de la calle Fuencarral”, no solo llenó columnas: inauguró el verdadero “true crime” a la española y puso en cuestión la justicia, la política y la propia moral de la época.
La noche del fuego.
La víctima se llamaba Luciana Borcino, viuda de Vázquez-Varela, una mujer de unos cincuenta años, acomodada, dueña de un pequeño capital y de la vivienda donde vivía con su hijo José —el famoso “pollo Varela”— y con el servicio. La noche del 1 de julio de 1888, en torno a las diez, algo terrible ocurrió tras la puerta del 109 de Fuencarral. Según la reconstrucción posterior, Luciana recibió al menos tres puñaladas en el pecho, una de ellas tan profunda que atravesó el corazón. Después, ya muerta, su cuerpo fue tendido en el dormitorio, cubierto con trapos empapados en petróleo e incendiado, quizá para simular un accidente o borrar huellas de sangre. En otra habitación, la criada Higinia Balaguer Ostalé, que llevaba apenas seis días trabajando en la casa, yacía inconsciente junto al bulldog de la viuda, ambos bajo los efectos de un narcótico. En la madrugada del 2 de julio, los vecinos detectaron un olor intenso a quemado y vieron salir humo por los balcones del segundo piso. Avisaron al portero y a la policía; el juez de guardia, Felipe Peña, acudió con dos guardias, forzó la puerta y se encontró con la escena que haría historia: el cuerpo de Luciana, parcialmente carbonizado, y la criada aparentemente víctima de la misma mano que había querido matar a su ama.
La investigación y la sospecha.
Las primeras diligencias parecían señalar un robo con homicidio: una viuda rica, un piso en llamas, una criada “desmayada” y, supuestamente, ajena a todo. Pero había detalles que no encajaban. No se apreciaban signos claros de fuerza en la puerta; no faltaban objetos de gran valor, y junto al cadáver apareció una camisa manchada de sangre con las iniciales J.V.V., las del hijo de la víctima, José Vázquez-Varela. El “pollo Varela”, de 23 años, era un personaje conocido en el Madrid de la época: jugador, vividor, con deudas y mala fama. Sobre él se proyectó de inmediato la sospecha de un crimen por herencia, pero había un obstáculo decisivo: la noche del asesinato estaba preso en la Cárcel Modelo por el robo de una capa. Ante la presión por encontrar un culpable y el escándalo que generaba la conexión con un joven de “buena familia”, la instrucción se concentró en la figura más débil: Higinia Balaguer, la criada aragonesa, de 28 años, sin antecedentes y recién llegada a la casa. Reanimada y sometida a interrogatorio, Higinia ofreció versiones contradictorias, habló de intrusos, de un tal Millán-Astray —comerciante gallego sin relación con el posterior militar homónimo— y terminó cayendo en una red de acusaciones cruzadas donde siempre salía mal parada. En paralelo, la acción popular —recién introducida en la reforma del Código Penal por el gobierno liberal de Sagasta y defendida por Francisco Silvela— permitió que particulares se personaran en la causa. La justicia dejaba de ser asunto exclusivo del Estado y abría la puerta a una intervención ciudadana… y mediática sin precedentes.
La prensa se lanza a la sangre.
Los periódicos olieron la historia y no la soltaron. El Imparcial, La Época, El Globo, El País, La Iberia, El Resumen y otros diarios con filiaciones políticas diversas se lanzaron a publicar filtraciones del sumario, dibujos morbosos, retratos de los protagonistas y todo tipo de conjeturas sobre la relación de Higinia con el “pollo Varela” y con un tercer hombre, José Millán-Astray. Manuel Fernández Martín denunciaba desde las páginas de la Revista General de Legislación y Jurisprudencia que nunca se había visto en España una invasión semejante del secreto sumarial por parte de la prensa, un “mercantilismo periodístico” que convertía un proceso penal en espectáculo. Pero el daño —o el cambio— ya estaba hecho: el crimen de Fuencarral inauguraba la “crónica negra” moderna, con todos sus tics sensacionalistas, alineamientos políticos y juicios paralelos. Entre los cronistas que se acercaron al caso destacó un novelista entonces ya consagrado: Benito Pérez Galdós. Como corresponsal del diario argentino La Prensa, Galdós asistió al juicio, entrevistó a implicados, recorrió la calle y escribió seis crónicas minuciosas que luego serían reunidas bajo el título “El crimen de la calle de Fuencarral”. Sus textos, más cercanos a la novela realista que a la nota judicial, contribuyeron a fijar en el imaginario la figura de Higinia como chivo expiatorio de un sistema clasista y corrupto.
El juicio y el garrote.
El juicio oral comenzó en marzo de 1889 en la Audiencia de Madrid, en plena plaza de las Salesas, abarrotada de curiosos. En el banquillo se sentaban Higinia Balaguer, el “pollo Varela” y el comerciante José Millán-Astray. La acusación consideraba a la criada autora material del asesinato; sobre Varela y Millán-Astray planeaba la sospecha de inducción, pero sus defensas se aferraron a la falta de pruebas directas y a la coartada carcelaria del hijo. El tribunal absolvió finalmente a José Vázquez-Varela y a José Millán-Astray, y condenó a muerte por garrote vil a Higinia Balaguer como única autora del crimen. La sentencia fue polémica desde el primer día: muchos veían la mano de las influencias políticas y económicas protegiendo al joven burgués y al comerciante, mientras la criada, sin recursos ni padrinos, cargaba con toda la culpa. El 19 de julio de 1890, Higinia fue ejecutada públicamente en el Campo de Guardias de la Cárcel Modelo de Madrid, convirtiéndose en la última mujer ajusticiada en España por garrote vil en ejecución pública. Sus últimas palabras, dirigidas a su amiga Dolores Ávila, quedaron grabadas en la memoria de la época: “¡Catorce mil duros!”. Una cifra que muchos interpretaron como alusión a la suma que alguien habría cobrado —o prometido— por el crimen, y que Higinia se llevó como secreto a la tumba.
Política, justicia y leyenda negra.
El crimen de la calle Fuencarral tuvo consecuencias que fueron mucho más allá del patíbulo. El escándalo mediático y las sospechas de trato de favor provocaron la caída del presidente del Tribunal Supremo, el marqués de Pidal, y sacudieron al gobierno de Sagasta, poniendo en entredicho la recién estrenada Acción Popular, que se había presentado como un avance democrático y terminó convertida, en este caso, en un arma arrojadiza en manos de partidos y periódicos. En la prensa carlista y conservadora, el caso se utilizó para atacar al gobierno liberal; en los diarios progresistas, para denunciar las connivencias entre la justicia y las clases altas. El propio Galdós, en sus crónicas, describía con ironía cómo la calle Fuencarral se había transformado en un teatro donde cada actor —políticos, jueces, periodistas— representaba su papel ante un público ávido de emociones fuertes. Con el tiempo, la historiografía penal ha visto en este caso un ejemplo precoz de “proceso mediático”, donde la presión de la opinión pública y de los intereses políticos condiciona la instrucción, la valoración de las pruebas y, quizá, el propio veredicto. Muchos juristas y cronistas posteriores han sugerido que Higinia pudo no ser la única responsable y que el crimen tuvo, probablemente, complicidades no esclarecidas.
El legado oculto.
Hoy, el antiguo 109 de Fuencarral —el 95 actual— pasa casi desapercibido entre tiendas y bares de Malasaña, sin placa que recuerde que allí ardió uno de los primeros grandes casos de crónica negra española. Pero el eco del crimen sigue vivo en libros, tesis jurídicas y reediciones de las crónicas de Galdós, como las recuperadas por Lengua de Trapo o por investigadores como Cruz Romón. El caso Fuencarral habla de violencia de clase, de una justicia desigual, de una prensa que descubre el poder del morbo y de una capital en plena Restauración borbónica, fascinada y horrorizada a la vez por el espectáculo del crimen. Más de un siglo después, la imagen de Higinia Balaguer —la criada que, quizá, no fue la única culpable— y la sombra alargada del “pollo Varela” nos recuerdan que, a veces, el verdadero escenario del delito no está solo en una habitación en llamas, sino en los despachos y las portadas donde se decide quién es culpable y quién se salva.
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