Somosierra 1986: el camión del ácido y el niño fantasma.
Un choque imposible, ácido sulfúrico y un niño que se esfumó sin rastro.
Un choque imposible, ácido sulfúrico y un niño que se esfumó sin rastro.
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La madrugada del 25 de junio de 1986, en plena fiesta de San Juan, un camión cisterna descendía el puerto de Somosierra a una velocidad que rozaba la locura. Transportaba más de 20.000 litros de ácido sulfúrico fumante desde Murcia hasta Bilbao, atravesando la vieja N‑I entre la niebla y el frío de la sierra norte de Madrid. En la cabina viajaba una familia entera: el conductor, Andrés Martínez Navarro; su esposa, Carmen Gómez; y su hijo de diez años, Juan Pedro Martínez Gómez, al que habían llevado como premio por sus buenas notas para, después de la descarga, regalarle unas vacaciones en el norte.
A las 6:30 de la mañana, el camión se estrelló en una de las curvas del kilómetro 95, volcó y derramó el ácido sobre el asfalto y la cuneta, implicando a otros vehículos pesados que circulaban en sentido contrario. Cuando la Guardia Civil y los equipos de rescate lograron acceder a la cabina, horas después, encontraron los cuerpos destrozados de Andrés y Carmen, quemados por el ácido. Del niño, sin embargo, no había ni rastro. Ni vivo, ni muerto.
Así nació uno de los expedientes más desconcertantes de la crónica negra española: el caso del “niño de Somosierra”, calificado por Interpol como la desaparición más extraña de Europa.

El origen del misterio.
Andrés Martínez, camionero profesional, había salido de la zona de Los Cánovas, en Fuente Álamo de Murcia, con la cisterna cargada de ácido sulfúrico rumbo a una empresa de Bilbao. La ruta habitual: Murcia, Cieza, la Venta del Olivo, autopista hacia Madrid, desvío por la N‑III y después la N‑I.
Durante el trayecto hicieron varias paradas documentadas. Una de las primeras, en la Venta del Olivo, cerca de Cieza; más tarde, en la gasolinera de Las Pedroñeras (Cuenca), donde un trabajador los vio dormitando dentro de la cabina. La última parada larga conocida fue en el Mesón Aragón, en Cabanillas de la Sierra (Madrid), ya de madrugada: allí, según el camarero, pidieron un café solo y otro con leche para los padres, y un vaso de leche con una pieza de bollería para el niño. El empleado vio salir a Andrés y a Carmen hacia el camión; del niño no está seguro de haberlo visto subir, aunque asume que lo hizo.
A partir de ese punto, los únicos testigos son el tacógrafo y las huellas que dejó el camión en el puerto. Un peritaje posterior, realizado incluso en Alemania, reveló un comportamiento anómalo: en los 18 kilómetros anteriores al accidente, el vehículo realizó hasta doce paradas brevísimas en plena subida, la mayoría de entre cero y dos segundos, y una última de 22 segundos justo en el último repecho antes de coronar Somosierra. No había tráfico denso ni retenciones conocidas a esa hora, lo que hizo aún más inexplicables esas detenciones intermitentes de un camión pesado cargado con ácido.
Tras la última parada, el tacógrafo registra una aceleración brusca y una velocidad que llega a superar los 110–140 km/h en una bajada llena de curvas, muy por encima de lo razonable para un camión cisterna en ese tramo. Segundos después, el vehículo pierde el control y vuelca.
Cuando los primeros agentes llegan a la escena, la prioridad es contener el vertido corrosivo y rescatar a los adultos atrapados entre hierros y ácido. Los trabajos se prolongan durante más de diez horas, hasta lograr sacar los cuerpos de Andrés y Carmen, literalmente pegados a los restos de la cabina. Nadie menciona al niño porque nadie sabe que viajaba allí: solo cuando los abuelos de Juan Pedro llaman desde Murcia, alarmados por las noticias del accidente, la Guardia Civil comprende que falta una tercera víctima.
Se organiza entonces una búsqueda exhaustiva: durante horas rastrean la zona con perros, se peina el terreno, se examinan cunetas, desmontes y barrancos, se estudian los restos del camión y la cisterna. No aparece ningún cuerpo infantil. Solo la goma de una zapatilla, identificada por la familia como perteneciente a Juan Pedro, confirma que el niño llegó a viajar efectivamente en el camión.
La hipótesis de que el ácido haya “disuelto” el cuerpo se descarta pronto: especialistas en medicina forense y productos químicos señalan que, incluso en caso de contacto directo, deberían quedar restos óseos y vestigios reconocibles, y no se halló nada de eso. El misterio, lejos de disiparse, se hace más denso.
La investigación olvidada.
El caso recae en el Juzgado de Instrucción de Colmenar Viejo (Madrid), competente por demarcación sobre el puerto de Somosierra. Durante meses se practican diligencias: se interroga a testigos, se revisan informes técnicos del camión, se analizan los datos del tacógrafo y se comprueba si hubo errores en el rescate. La instrucción, sin embargo, avanza a trompicones, entre lagunas y falta de recursos.
En febrero de 1987, siete meses después del accidente, la juez María Riera Ocariz autoriza a la familia a contratar a un detective privado, Jorge Colomar Pueyo, para investigar la desaparición por su cuenta, un gesto poco habitual que revela hasta qué punto el asunto ha desbordado a las autoridades. La Interpol, alertada por la singularidad del caso —un niño que desaparece literalmente en un accidente controlado y sin evidencias de fuga—, lo califica como una de las desapariciones más extrañas de Europa.
Mientras tanto, la teoría de la “disolución” en ácido queda oficialmente descartada por los peritos. Quedan tres escenarios posibles sobre la mesa: que el cuerpo esté aún oculto en algún punto no revisado del entorno; que haya sido arrastrado a mucha distancia; o que Juan Pedro no estuviera ya en el camión en el momento del impacto.
Las búsquedas posteriores, incluso años después, no arrojan novedades. Programas como Desaparecidos y reportajes en televisión recuerdan periódicamente el caso, pero la instrucción judicial termina por estancarse, sin imputados ni pistas sólidas.
Las teorías oscuras: droga, furgoneta blanca y secuestro.
Con el paso del tiempo, la investigación policial y la investigación oficiosa de periodistas y familiares empiezan a cruzarse. Un año después del accidente, revisando de nuevo la cisterna en un desguace por orden judicial, la Guardia Civil localiza pequeños restos de heroína ocultos en el interior. La cantidad no era grande, pero confirmaba que aquel viaje no transportaba solo ácido sulfúrico.
La familia declara entonces que Andrés llevaba semanas recibiendo amenazas de un grupo dedicado al tráfico de drogas, que le presionaba para utilizar el camión como transporte de estupefacientes aprovechando la cobertura legal de sus rutas. Según esa versión, el niño habría sido llevado en el viaje más por miedo que por premio: si lo tenían consigo, evitaban que pudiera ser usado como rehén.
El análisis del tacógrafo y el testimonio de conductores que circulaban por la zona alimentan otra pieza del rompecabezas: algunos hablan de una misteriosa furgoneta blanca que habría ido delante del camión subiendo el puerto, frenando y obligándole a detenerse repetidamente. La familia interpreta esas doce paradas de segundos, y la última de 22, como posibles momentos de intimidación o negociación en la subida, culminando en una parada lo bastante larga como para que alguien subiera a la cabina y se llevara al niño.
Según esta hipótesis, recogida por medios como Canal Sur y por dosieres de casos sin resolver, el secuestro de Juan Pedro habría sido una forma extrema de presión o garantía por parte de esa supuesta organización: se llevan al niño, exigen el cumplimiento del encargo y, en la confusión posterior del accidente, el pequeño desaparece del foco policial. Otra variante contempla un sabotaje de los frenos, tampoco probado, que habría provocado la pérdida de control del vehículo.
En 1987, el dueño de una autoescuela de Madrid afirma haber visto al niño meses después del accidente: según su declaración, una anciana ciega, de origen extranjero, acompañada de un menor desorientado con acento andaluz, entró preguntando por la Embajada de Estados Unidos; el hombre aseguró estar convencido de que aquel niño era Juan Pedro y que la mujer coincidía con la descripción de una anciana vista por testigos en la zona del siniestro. La pista, como otras, se agotó sin resultados verificables.
Hasta hoy, ninguna de estas teorías ha podido demostrarse ante un tribunal. Los restos de heroína están documentados; las amenazas y la furgoneta blanca forman parte del relato de la familia y de algunos testigos; el supuesto avistamiento del niño en Madrid, de la memoria de un solo hombre.

El legado oculto.
Casi cuarenta años después, el expediente de Juan Pedro Martínez sigue abierto porque su cuerpo nunca ha aparecido. Asociaciones como QSD Global recuerdan cada aniversario que “no hay derecho al olvido” en desapariciones de menores, y señalan que el caso acumula ya más de doce mil días sin respuestas. Informativos de televisión, podcasts y documentales han convertido al “niño de Somosierra” en un símbolo de los casos sin resolver de la España de los años ochenta.
Más allá del morbo, la historia señala varias grietas: la fragilidad de los protocolos de rescate y recuento de víctimas en los accidentes de la época, la falta de recursos forenses, la opacidad en torno a las tramas de tráfico de drogas en la España de la “heroína” y la soledad de las familias que, como la de Juan Pedro, tuvieron que tirar de detectives privados para seguir preguntando.
El puerto de Somosierra, hoy moderno y saturado de tráfico, guarda pocos rastros visibles de aquel amanecer de ácido y sirenas. Pero cada vez que en España se habla de extrañas desapariciones, su nombre vuelve a surgir como un eco: un camión cisterna, dos cadáveres, un niño que no está y un tacógrafo que marca doce paradas imposibles.
Entre el accidente de tráfico, la posible trama de drogas, las lagunas de la investigación y el paso del tiempo, el misterio de Somosierra se ha convertido en una especie de “zona gris” en la memoria colectiva: un recordatorio de que hay historias que ni siquiera el ácido más corrosivo consigue borrar… pero que nadie ha conseguido escribir hasta el final.
Bibliografia consultada
Canal Sur. (s. f.). La misteriosa desaparición del niño de Somosierra. Programa “Se ha escrito un crimen”. https://www.canalsur.es
QSD Global. (2021, 1 septiembre). Juan Pedro Martínez: 12.852 días desaparecido. https://www.qsdglobal.com
Infobae. (2025, 12 abril). El “niño de Somosierra”, el caso del menor que desapareció tras sufrir un accidente junto a sus padres. https://www.infobae.com
El País. (1987, 20 febrero). La familia del niño desaparecido en Somosierra contrata un detective privado. https://elpais.com
El Cierre Digital. (2025, 29 marzo). La extraña desaparición del “niño de Somosierra”: casos sin resolver (XXIII). https://elcierredigital.com