Las brujas de Zugarramurdi: el aquelarre que cambió a la Inquisición.

Un valle navarro, seis hogueras y un inquisidor que dejó de creer en brujas.

4 de junio de 2026 Lectura: 9 min

Un valle navarro, seis hogueras y un inquisidor que dejó de creer en brujas.

En un rincón húmedo y verde del Pirineo navarro, muy cerca de la frontera francesa, hay una cueva enorme atravesada por un arroyo. De día es un anfiteatro natural, de techos altos y musgos brillantes; de noche, la imaginación la puebla de hogueras, sombras danzantes y cabras negras. Es la cueva de Zugarramurdi, escenario legendario de aquelarres y, también, origen del proceso de brujería más famoso —y más decisivo— de la historia de España: el auto de fe de Logroño de 1610.

La historia oficial habla de brujas que reniegan de Dios, besan al demonio en forma de macho cabrío y envenenan cosechas; la documentación inquisitorial, en cambio, deja ver un pueblo pequeño atrapado entre supersticiones, odios vecinales y el miedo a la represión. Y en medio, un inquisidor, Alonso de Salazar y Frías, que se atrevió a escribir lo impensable: “no hubo brujas ni embrujados hasta que se comenzó a tratar y escribir de ellos”.

El origen del mito.

Zugarramurdi, en el Baztán, es un caserío disperso de casas blancas, bosques y pastos, a pocos kilómetros de la frontera con Lapurdi (Labort), en el País Vasco francés. Bajo el pueblo se abre un sistema de cuevas kársticas recorridas por el arroyo Olabidea; uno de los prados cercanos, sobre la gran cueva principal, se conoce tradicionalmente como “Akelarre” —literalmente, el “prado del macho cabrío”—, un topónimo que siglos después se convertiría en sinónimo de reunión brujeril.

Desde antiguo, en esta zona montañosa pervivían prácticas populares de curanderismo, rezos sincréticos, uso de hierbas y fiestas nocturnas al aire libre que chocaban con la visión rígida de la ortodoxia católica. A finales del siglo XVI y comienzos del XVII, el contexto era especialmente inflamable: la Navarra peninsular acababa de ser incorporada definitivamente a la Monarquía Hispánica tras décadas de guerras, y al otro lado de la muga, en Labort, se desataba una auténtica caza de brujas bajo la batuta del consejero real Pierre de Lancre, que envió a la hoguera a centenares de personas entre 1609 y 1610.

Ese clima de pánico y cruzada moral cruzó la frontera. Lo que en Zugarramurdi eran hasta entonces rumores y miedos cotidianos empezó a percibirse como una amenaza demoníaca organizada, lista para ser perseguida por el Santo Oficio.

La chispa: María de Ximildegui señala a su pueblo.

La historia concreta arranca con un nombre propio: María de Ximildegui (o Ximildegui). Nacida en 1588 en Zugarramurdi, hija de padres de origen francés, pasó su infancia entre caseríos y prados del valle. A los 16 años se trasladó con su padre al cercano puerto de Ciboure, en Lapurdi, donde trabajó como criada y entró en contacto con círculos de brujería según su propio relato posterior.

En Ciboure conoció a una mujer llamada Catalina que, siempre según su confesión, la introdujo en aquelarres: reuniones nocturnas donde danzaban, se ungían con ungüentos probablemente alucinógenos, renunciaban a Dios y a la Virgen y rendían pleitesía al diablo. Durante año y medio, María afirmó haber participado en esas ceremonias, aprendiendo conjuros y supuestos maleficios.

En 1608 regresó a Zugarramurdi y se presentó casi como “maestra de brujas”, participando en reuniones nocturnas en las cuevas locales y extendiendo la fama de que en el pueblo se celebraban auténticos aquelarres. Pero poco tiempo después —no se sabe si por miedo, sentimiento de culpa o presión del entorno— María cambió de bando: se arrepintió, acudió al tribunal de la Inquisición en Logroño y confesó haber sido bruja, señalando a decenas de vecinos como cómplices.

Su denuncia fue la chispa que encendió la caza. La Inquisición, que ya venía recibiendo noticias confusas de brujería en el norte, tomó su testimonio como base para iniciar un proceso de alcance regional, enviando comisarios a Zugarramurdi y a otras localidades del Pirineo navarro para elaborar listas de sospechosos.

El proceso de Logroño: un espectáculo de fuego.

En enero de 1609 el tribunal de la Inquisición de Logroño abrió formalmente la causa contra las supuestas brujas de Zugarramurdi. Sus tres inquisidores —Alonso Becerra Holguín, Juan del Valle Alvarado y Alonso de Salazar y Frías— se enfrentaban a un caso masivo: en pocos meses, más de 300 personas de la Navarra montañosa fueron acusadas de brujería, y 31 de ellas, procedentes de Zugarramurdi y Urdax, terminaron presas en las cárceles inquisitoriales de Logroño.

En total, se procesó a 53 personas por brujería, de las que la mayoría eran mujeres, pero también había hombres y adolescentes. Las confesiones, obtenidas muchas veces bajo tortura o amenaza de ella, incluían relatos estereotipados: vuelos nocturnos al aquelarre, besos al trasero del diablo, pactos escritos, envenenamiento de ganado y profanación de sacramentos.

El auto de fe se fijó para los días 7 y 8 de noviembre de 1610. La ciudad de Logroño se preparó como para una gran fiesta trágica: procesión de la Cruz Verde —insignia de la Inquisición—, altar y cadalso levantados ex profeso, autoridades civiles y eclesiásticas en tribunas, miles de curiosos llegados de toda La Rioja y Navarra.

Según la documentación resumida por estudios modernos, de los 53 reos, 11 fueron condenados a morir en la hoguera, cinco de ellos “en efigie” por haber fallecido ya en prisión; en la práctica, seis personas de carne y hueso ardieron vivas en la pira. El resto fue “reconciliado”: obligados a abjurar públicamente, a llevar sambenito, a sufrir penas de cárcel, látigo o destierro, pero salvando la vida.

Los nombres de algunas de las condenadas han llegado hasta nosotros: María de Zagoya, Graciana de Barrenechea, Estebanía de Iriarte, María de Iriarte o Miguel de Goiburu figuran entre los 53 procesados; once fueron relajados —entregados al brazo secular para la hoguera—, en su mayoría vecinos de Zugarramurdi y Urdax.

En términos numéricos, comparado con otras cazas de brujas europeas, el número de ejecutados fue relativamente pequeño; pero el impacto simbólico fue enorme, y el proceso de Logroño se considera el mayor juicio por brujería de la Inquisición española y el último gran intento de “limpieza” de este tipo.

En un pequeño pueblo del Pirineo navarro, las reuniones nocturnas en una cueva y las acusaciones de una joven llamada María de Ximildegui acabaron desatando la mayor caza de brujas de la historia de España. En 1610, 53 personas fueron juzgadas en Logroño y seis ardieron en la hoguera. Pero de aquel horror nació algo inesperado: un inquisidor escéptico que demostró que las brujas no existían… y consiguió que la Inquisición española nunca volviera a quemar a nadie por brujería.

La investigación olvidada: el inquisidor que mató a las hogueras.

Y, sin embargo, la historia no acaba en las llamas de 1610. Tras el auto de fe, una oleada de histeria colectiva recorrió Navarra y las provincias vascas: aldeas enteras empezaron a señalarse mutuamente, crecieron las denuncias, y el propio tribunal de Logroño se vio desbordado por acusaciones de nuevos aquelarres.

La Suprema —el Consejo de la Inquisición en Madrid— decidió entonces actuar con cautela y envió a uno de los inquisidores, Alonso de Salazar y Frías, a recorrer la zona para verificar sobre el terreno qué había de verdad en todo aquello. Entre 1611 y 1612, Salazar recorrió Navarra, Guipúzcoa y el norte de Aragón, visitó más de 200 pueblos, interrogó a cientos de testigos y examinó unas 1.800 personas señaladas como brujas.

Su conclusión, recogida en varios informes remitidos a Madrid, fue demoledora: no encontró pruebas materiales de vuelos, aquelarres ni pactos con el diablo; solo relatos contradictorios, sueños, sugestión colectiva, venganzas personales y confesiones arrancadas por miedo o tortura. Salazar afirmó que muchas de las supuestas brujerías no eran más que historias inverosímiles y que el propio proceder de los inquisidores había contribuido a crear la epidemia de acusaciones.

En 1614, la Suprema adoptó nuevas instrucciones para tratar los casos de brujería basándose en los informes de Salazar. Esas normas exigían pruebas materiales, prohibían dar crédito a testimonios obtenidos solo por sugestión o bajo tormento y desaconsejaban el uso de la pena de muerte en delitos de brujería sin daños concretos. De facto, la Inquisición española dejó de quemar brujas un siglo antes que muchos tribunales de otros países europeos, y el caso de Zugarramurdi se convirtió, paradójicamente, en el inicio del fin de las grandes persecuciones de brujería en España.

El legado oculto.

Hoy, las cuevas de Zugarramurdi y su “akelarre” son un reclamo turístico y un lugar de memoria. Paneles interpretativos, un museo de las brujas instalado en el antiguo hospital y rutas guiadas explican tanto la geología de las galerías como la historia de los aquelarres reales e imaginados. Los vecinos han ido resignificando la palabra “bruja”: para muchos, ya no es sinónimo de pacto demoníaco, sino de mujeres que mantenían saberes tradicionales de hierbas, partería y cuidados transmitidos de mayores a jóvenes.

En Logroño, la ciudad que vio arder las hogueras, asociaciones vecinales y culturales organizan cada noviembre recreaciones del auto de fe de 1610, no como celebración, sino como recordatorio crítico de uno de los episodios más dramáticos de la Inquisición. En el Bosque de la Memoria se honra simbólicamente a las doce personas de Zugarramurdi condenadas entonces, como gesto de reparación tardía.

La cifra total del fenómeno impresiona: la Inquisición llegó a examinar, directa o indirectamente, alrededor de 7.000 personas relacionadas con el foco de brujería vasco-navarro, convirtiendo el caso en uno de los mayores de Europa en número de investigados. Sin embargo, gracias al giro escéptico iniciado por Salazar, no se repitieron hogueras masivas en España, y las “brujas de Zugarramurdi” pasaron del miedo a la leyenda.

Entre la cueva, el prado del akelarre y las plazas de Logroño, la historia de este “rincón maldito” de Navarra habla menos de magia negra que de lo peligrosos que pueden ser el miedo y la credulidad cuando se mezclan con poder religioso y político. Y de cómo, a veces, es un inquisidor quien termina apagando las hogueras que él mismo ayudó a encender.

Epoca: Monarquía de los Austrias (reinado de Felipe tercero); proceso inquisitorial de Logroño de 1609–1614, con auto de fe en noviembre de 1610, comienzos del siglo XVII,
Localizacion: Zugarramurdi (valle de Baztán, Navarra, España), cuevas y prado del Akelarre; Logroño (La Rioja), sede del tribunal de la Inquisición y escenario del auto de fe de 1610; región vasco-navarra de montaña (Navarra norte y Lapurdi, País Vasco francés) como foco de las acusaciones de brujería.
Personajes: María de Ximildegui, Alonso de Salazar y Frías, Alonso Becerra Holguín, Juan del Valle Alvarado, Pierre de Lancre

Bibliografia consultada

Aguirre Landa, L. (Coord.). (2022). Inquisición y brujería. El Auto de Fe de Logroño de 1610. Instituto de Estudios Riojanos.

Wikipedia. (s. f.). Brujas de Zugarramurdi y Zugarramurdi. En Wikipedia, la enciclopedia libre. https://es.wikipedia.org/wiki/Brujas_de_Zugarramurdi ; https://es.wikipedia.org/wiki/Zugarramurdi

Confilegal. (2021, 27 de febrero). Alonso de Salazar, inquisidor: las brujas no existían. Confilegal.com. https://confilegal.com/20170423-alonso-salazar-guillermo-baskerville-brujas-zugarramurdi/

Spain Illustrated. (2021, 7 de julio). Alonso de Salazar en defensa de los acusados por brujería. Spainillustrated.blogspot.com. https://spainillustrated.blogspot.com/2021/07/alonso-salazar-defensa-acusados-brujeria.html

Sukiontheroad. (2024, 15 de octubre). Las brujas de Zugarramurdi: historia y leyendas. https://sukiontheroad.com/2024/10/16/las-brujas-de-zugarramurdi-historia-leyendas-y-misterios-en-los-pirineos-navarros/