Raimundita y el Palacio maldito: la verdad tras la leyenda.
Entre un matrimonio escandaloso, una niña emparedada y unas psicofonías muy dudosas.
Entre un matrimonio escandaloso, una niña emparedada y unas psicofonías muy dudosas.
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En la esquina más señorial de la plaza de Cibeles, rodeado por el Banco de España y el palacio de Cibeles, se levanta un edificio que parece sacado de un cuento de hadas decimonónico: el Palacio de Linares. Hoy es la Casa de América, pero durante décadas fue, para muchos madrileños, “la casa encantada” donde una niña fantasma lloraba de noche y donde los marqueses escondieron un crimen que nadie se atrevía a nombrar.
La leyenda habla de incesto, de una hija emparedada y de psicofonías estremecedoras; los archivos, en cambio, cuentan otra historia: la de una pareja rica, sin hijos, que acabó convertida en monstruo por la imaginación romántica y la fiebre paranormal de los años noventa.

El origen del mito.
El Palacio de Linares nació como símbolo de éxito burgués. Mateo Murga Michelena, rico comerciante bilbaíno afincado en Madrid, compró en 1872 al Ayuntamiento un solar junto al antiguo Pósito Real, en la entonces plaza de Madrid, para levantar una residencia acorde a su fortuna. En 1873, el rey Amadeo I de Saboya concedió a su hijo José de Murga y Reolid el título de marqués de Linares, en reconocimiento a sus servicios y beneficencia en la ciudad jienense de Linares.
Tras las turbulencias políticas de la Primera República, las obras del palacio comenzaron en 1877, ya en el reinado de Alfonso XII. Los arquitectos Adolf Ombrecht, Carlos Colubí y Manuel Aníbal Álvarez diseñaron un palacio urbano de cuatro plantas, con un interior exuberante, inspirado en residencias francesas e italianas, que se fue decorando durante más de veinte años por artistas y artesanos de lujo. José y su esposa, Raimunda de Osorio y Ortega, se instalaron allí en 1884, cuando aún no estaba terminado del todo.
Es entonces cuando la leyenda empieza a tejerse. Según el relato popular, Mateo Murga prohibió a su hijo casarse con la mujer de la que estaba enamorado, una joven humilde llamada Raimunda, supuestamente cigarrera de la Fábrica de Tabacos de Lavapiés. Para cortar la relación, envió a José a estudiar a Inglaterra; pero a su regreso, el joven se casó con Raimunda en secreto y, con el tiempo, el padre acabó aceptando el matrimonio.
Años después, ya fallecido Mateo, José habría encontrado en los papeles de su padre una carta terrible: en ella confesaba haber tenido una hija “bastarda” con una cigarrera, a la que habían llamado Raimunda Osorio. Si la carta fuera cierta, el marqués y su esposa serían hermanos de padre, y su matrimonio, un incesto involuntario.
La leyenda continúa: horrorizados y temiendo el escándalo, los esposos habrían viajado a Roma para pedir al papa Pío IX una bula que les permitiera seguir viviendo juntos “en castidad”, sin consumar el matrimonio. Pero, pese al mandato pontificio, Raimunda habría quedado embarazada y dado a luz una niña, Raimunda —“Raimundita”—, prueba viviente del pecado. Para evitar la deshonra, los marqueses habrían decidido matar a la niña y emparedar su pequeño cuerpo en el palacio, cerca de una casita de muñecas construida para ella.
A partir de ahí, todo encaja para un buen cuento de terror: el espíritu de Raimundita vagando por los salones, lloros infantiles en las noches de tormenta, juguetes que se mueven, la marquesa enloqueciendo de culpa, el marqués suicidándose y pidiendo ser enterrado en el jardín. Es la versión que, durante décadas, se susurró en Madrid y que explotaron programas de radio y televisión ya en el siglo XX.
La investigación olvidada.
Cuando uno deja a un lado los susurros y se asoma a los archivos, la historia cambia de tono. Para empezar, no hay pruebas de que Raimunda de Osorio fuera hija de una cigarrera de Lavapiés: la documentación sobre su origen y su familia muestra que pertenecía a un entorno acomodado, muy lejos del cliché romántico de la “muchacha humilde” enamorada del señorito.
La supuesta carta de Mateo Murga confesando un desliz con la cigarrera y revelando la condición ilegítima de Raimunda jamás ha sido localizada en ningún archivo; forma parte del relato oral, pero ningún historiador ha podido mostrar un documento original. Lo mismo ocurre con la célebre bula papal de Pío IX: se cita una y otra vez en textos divulgativos, pero no hay rastro de ella en los registros vaticanos ni en los papeles de la familia.
Investigadoras como Carmen Maceiras Rey han rastreado meticulosamente padrones, partidas de bautismo, protocolos notariales y testamentos, concluyendo que no hay base documental para afirmar que José y Raimunda fueran hermanos de padre. Lo que sí parece claramente probado es que el matrimonio no tuvo hijos biológicos.
La famosa “Raimundita” existió, pero no como hija asesina y emparedada, sino como hija adoptiva: Raimunda Avecilla, hija del administrador de los Linares y ahijada del matrimonio, a la que llamaban Mundita. Para ella, los marqueses mandaron construir una casita de muñecas a tamaño real en el jardín, detalle que probablemente alimentó la imaginación posterior al asociarla con la niña fantasma.
Tampoco hay rastro de un asesinato infantil en los registros judiciales o parroquiales de la época. Al contrario: cuando José y Raimunda murieron —ella en 1901, él en 1902—, recibieron exequias solemnes, con asistencia de la alta sociedad madrileña, y fueron enterrados en cementerios públicos según el rito católico, no en secreto en el jardín.
La propia Casa de América, en su historia oficial del edificio, recuerda que el palacio pasó, tras la muerte de los marqueses, a manos de su ahijada Raimunda Avecilla y, más tarde, de distintos propietarios —entre ellos la compañía Trasmediterránea y la Confederación Española de Cajas de Ahorro—, sin que ninguna fuente seria mencione hallazgos macabros en reformas o demoliciones parciales.
En cuanto al origen literario de la leyenda, algunos estudiosos han señalado la influencia del Romanticismo y de autores como José Zorrilla, cuyas “leyendas” mezclaban historia, fantasmas y moralina y crearon un molde perfecto para historias de amores malditos e incestos expiados a través de apariciones. El Palacio de Linares, con su estética decimonónica y su decadencia en el siglo XX, era un escenario ideal para proyectar ese tipo de relatos.
Los fantasmas del 90: psicofonías, prensa y televisión.
El salto definitivo del Palacio de Linares al imaginario paranormal se produce a finales de los años ochenta y principios de los noventa, cuando el edificio, muy deteriorado, es adquirido por el Ayuntamiento y el Estado para rehabilitarlo como Casa de América. Tras haber estado cerrado 23 años, en 1988 se inicia un ambicioso proyecto de restauración valorado en más de 2.200 millones de pesetas, con vistas a reabrirlo en 1992, coincidiendo con el Quinto Centenario y Madrid Capital Cultural Europea.
En ese contexto de obras, polvo y edificios vacíos, la prensa madrileña empieza a recibir rumores: obreros que oyen pasos, herramientas que aparecen movidas, luces extrañas. En 1990, la doctora Carmen Sánchez de Castro entrega al Ayuntamiento un informe en el que asegura haber registrado fenómenos paranormales en el palacio: 283 fotografías, de las que 22 mostrarían “manchas de luz” inexplicables, y varias grabaciones con voces de presuntos fantasmas.
Una de esas psicofonías se vuelve viral —a escala analógica— en radios y programas de misterio: una voz infantil que dice “Mamá, mamá, nunca oí decir mamá”, acompañada de gritos que repiten “¡asesinos, asesinos!”. Para muchos oyentes, aquello encaja a la perfección con la leyenda de Raimundita, la niña incestuosa emparedada por sus padres.
Pero la historia se resquebraja pronto. Pocos días después de difundirse el informe, varios expertos en fenómenos paranormales y técnicos de sonido ponen en duda la autenticidad de las grabaciones, señalando que parecen una mezcla de voces y ruidos manipulados, “una mezcla de hábiles trucos”, en palabras de uno de ellos recogidas por El País. Se critica, además, la falta de protocolos científicos en la investigación: el equipo de Sánchez de Castro había entrado en el palacio junto a más de 200 personas la noche del 31 de mayo de 1990, condiciones nada controladas para registrar sonidos delicados.
Investigaciones posteriores han desmontado uno por uno los elementos más llamativos del relato: la genealogía de los marqueses, la supuesta carta del padre, la bula papal, el asesinato de la niña, el suicidio del marqués y el entierro en el jardín, así como la veracidad de las psicofonías. Hoy, la mayoría de historiadores y hasta muchos aficionados al misterio coinciden en que el caso Linares es, ante todo, una leyenda urbana alimentada por la combinación explosiva de un palacio en ruinas, un rumor decimonónico y una fiebre mediática por lo paranormal.

El legado oculto.
Y sin embargo, algo de “maldición” sí pesa sobre el Palacio de Linares, aunque no tenga que ver con fantasmas. Durante gran parte del siglo XX, la mansión vivió un lento declive: tras la muerte de los marqueses, pasó de mano en mano —Trasmediterránea, la Confederación de Cajas de Ahorro, particulares—, sufrió abandonos, amenazas de demolición y quedó cerrada más de dos décadas, degradándose en pleno corazón de Madrid.
Solo la declaración como Monumento Histórico‑Artístico en 1976 y la decisión política de convertirlo en Casa de América en los años ochenta salvaron el edificio de la ruina. Tras una compleja restauración, el palacio reabrió el 25 de julio de 1992 como sede de un consorcio cultural hispanoamericano, devolviendo a la ciudad uno de sus interiores decimonónicos mejor conservados.
Hoy, los visitantes recorren sus escaleras de mármol, sus salones neorrococó y sus techos pintados pensando inevitablemente en Raimundita, en cartas ocultas y en psicofonías; pero lo que el palacio cuenta, a quien sabe leer sus documentos, es otra cosa: la historia de una familia burguesa que quiso vivir como príncipes, de una ciudad que estuvo a punto de perder una joya arquitectónica… y de cómo el miedo y el morbo pueden eclipsar durante años el verdadero valor de un monumento.
¿Maldición o leyenda urbana? A la luz de los archivos, todo apunta a lo segundo: no hay pruebas de crímenes ni de fantasmas, sí muchas de imaginación romántica y de trucos sonoros. Pero como toda buena leyenda, la del Palacio de Linares ya no necesita documentos para sobrevivir: le basta con la sugestión de quien, al pasar de noche por Cibeles, alza la vista hacia sus balcones oscuros y, por un segundo, cree oír el eco de una niña que llama a su madre.
Bibliografia consultada
Rutas con Historia. (2014, 14 de febrero). Palacio de Linares. https://www.rutasconhistoria.es/loc/palacio-de-linares
Ediciones La Librería. (2018). El Palacio de Linares. Edicioneslalibreria.com. https://edicioneslalibreria.com/el-palacio-de-linares/
Historias de Madrid. (2019, 6 de mayo). La leyenda de los fantasmas del Palacio de Linares. https://historiasdemadrid.com/blog/2019/05/07/los-fantasmas-del-palacio-de-linares/
El País. (1990, 31 de mayo y 31 de mayo). Una doctora asegura que hay fantasmas en el palacio de Linares; Varios expertos desconfían de las investigaciones sobre los fantasmas del palacio de Linares. ElPais.com.